Esta historia realmente me impacto mucho y realmente lo valoro mucho, por ello me doy un tiempo para escribir parte de su vida, vivencia y opinión del mismo Víctor Hugo Viscarra Q.E.P.D relatada por José Carvallo. Buen provecho…
FUENTE: DIARIO: EL CAMBIO – SEMANARIO “7 DIAS”
PAG. 12 AL 15 DEL 30/08/09 El mensajero de las noches paceñas JOSÉ CARVALLO A.
Un tipo difícil de definir o encasillar este individuo que por esos azares del destino al llegar a este mundo recibió el nombre de Víctor Hugo y, para rematar, el apellido de Viscarra. Ante el trabajo ciertamente arduo de intentar una clasificación, algún apologista de ultimo momento recurrió al expediente cómodo y facilon de describirlo en un periódico chileno como a un “Bukowski boliviano”, lo que estuvo a punto de causar soponcio a Víctor Hugo y agravarle un “c´haqui fulero” que lo tenia a muy mal traer.
Muchos se jactan ahora de haber conocido a Víctor Hugo y dicen haber compartido unos tragos con él. Sin embargo, no siempre fue así, y durante mucho tiempo los esfuerzos e inquietudes literarias de Víctor Hugo eran vistos como una extravagancia propia de un individuo que había traspasado los umbrales de la cordura llevado de la mano por alcohol, su compañero de infortunio y amigo de toda la vida.
Es que la vida se ensaño con ‘el Víctor Hugo’ y desde que era muy pequeño le comenzó a dar duro y con palo sin que él le haga nada. Muchas veces, al borde del derrumbe, comento que la vida lo había tratado cual veleidosa e ingrata hembra y le daba tantos golpes que estaba convencido de que lo había tomado, gratis, de sparring. Asiduo visitante de las cantinas existentes por aquellos años en el barrio de Chijini, tuvo también que disfrutar la hospitalidad que ocasionalmente le brindaba la policía y pasar muchas noches en las sucias y malolientes celdas policiales si es que no tenia ‘quivo’ para pagar la indulgencia de la autoridad, lo cual, claro esta, ocurría la mayoría de las veces. Ese permanente recorrido por El Averno, Las Carpas, El cementerio de los elefantes, además de correccionales y multitud de celdas policiales, le proporcionó el material más que suficiente para escribir sin necesidad de
prestarse inspiración de otros autores. Si bien leía lo que caía en sus manos y las esmirriadas bibliotecas de algunos amigos fueron en alguna ocasión victimas de sus incursiones y algunos libros fueron tomados ‘prestados’ sin que el dueño se enterara, la lectura no era lo suyo. Lo suyo era más la observación a mano alzada, dura e inclemente de todos los avatares de la vida; de los sinsabores y de los permanentes ‘foulazos’ con que nos castiga. Su material estaba ahí, en las celdas, en las inmundas cantinas, oscuros callejones, alojamientos de mala muerte, en los basurales, en el alma de los ‘artilleros’, de las prostitutas, de los mendigos, de los homosexuales…sólo había que pasar a recogerlo. Pero para eso tenia que pagar un precio; Víctor Hugo
lo pagó con creces y no se hizo problemas. “Vivo en calle y nunca tengo plata. Soy un pobre muerto de hambre. Entonces ¿Qué más realidad que esa para escribir?” contestaba a quien se atrevía a indagar sobre sus “fuentes de inspiración”. El “ más allá” lo tenia también sin cuidado y decía que no se haría problema alguno si tenia como destino final el infierno. “Estoy acostumbrado; he estado toda mi vida en él”, decía en tono despreocupado, con la certeza de quien sabe que nada peor puede ya pasarle.
El 24 de mayo de 2006 recibió la visita que había esperado toda la vida. La Muerte, su compañera en largas noches de infortunio, en amargos trajines por los callejones paceños en las frías noches de invierno, llego de forma muy descomedida, sin avisarle. Es que Víctor Hugo, si bien en varias ocasiones había comentado la posibilidad de suicidarse “en defensa propia”, en verdad amaba la vida, aunque ésta no le hubiera dado nada. Fue un día miércoles, aunque el Viscarrita, de acuerdo con su inconfesado talento vallejiano, hubiera preferido que sea jueves.
Como a todo ‘artillero’ que se respete, una fulminante cirrosis se lo llevo al otro mundo y no hubo vuelta que dar. No fue en Paris, pero si tenia el recuerdo de ese día. Ese recuerdo lo fue elaborando minuciosamente desde el mismo momento en que nació, según decía, del vientre de una mujer de “dudosa reputación”. De cuando en cuando practicó con indudable maestría el arte del ‘machetazo’: -Hola hermanito… de tanto tiempo, ¿me prestas 20 bolivianos? -Discúlpame, hermano, solo tengo 10. -Está bien, pero acordate que me debes 10 bolivianos. En el último tiempo de su vida estaba recogiendo algunas migajas que da el reconocimiento y no ocultaba su pavor ante la posibilidad de volverse “respetable”. Llegaba algunas noches al Bocaisapo con algunos ejemplares de sus obras bajo el brazo y los remataba por centavos para comprarse uno un trago, aunque en esa época ya varios pugnaban por invitarlo y llevarlo a sus mesas.
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